El arte
afortunadamente encontró un rincón donde acogerse y aglutinarse para en plena
segunda mitad del siglo XVII, hallar
protección y refugio en el seno de una corporación como la de la Santa Caridad
de Sevilla, que propugnaba el más noble de los fines. Una suerte de mecenazgo pareció nacer entre la
Santa Caridad (con la figura de Don Miguel de Mañara como cabeza visible) y
varios artistas locales de reconocida valía, componiendo en plena etapa dorada
del Barroco Sevillano un impresionante museo que tenemos la fortuna de haber
podido conservar hasta nuestros días.
La
Capilla del Hospital de la Caridad de Sevilla es precisamente un claro ejemplo
en el que apreciar hasta que punto parecemos incapaces de valorar la calidad de
nuestro patrimonio, concediendo escasa o nula importancia a las obras de
nuestra tierra. Mientras, se nos llena la boca hablando de otras geografías más
allá de nuestras fronteras donde nadie duda que exista un riquísimo conjunto de
obras extraordinarias, pero parece que el acomplejamiento absurdo español y
andaluz negara el valor de lo suyo ante las obras foráneas, afortunadamente
mejor publicitadas y académicamente defendidas.
La
Capilla de San Jorge se localiza en la sevillana calle Temprado, frente a la
hoy en día más conocida Capilla del Rosario (dada la residencia de una
Hermandad de Penitencia en su seno como lo es Las Aguas). Baste admirar su
inconfundible fachada para comprender que más allá de las numerosas leyendas y
mitos que rodean todo lo relacionado con Miguel de Mañara y este enclave del
Barrio del Arenal, nos adentramos en un barroco pleno de simbolismos y poseedor
de una abrumadora capacidad de expresión filosófica a través de las artes
plásticas. Las paredes del templo parecen rezumardesde cada uno de sus poros (convertidos en
obras de autores de la valía de Pedro Roldán, Murillo o Valdés Leal) una
profunda mentalidad cristiana que nos hace reflexionar sobre la levedad del ser
y lo ufano de la vida mundana. Pintura, escultura, arquitectura y talla se
concitan bajo un meditado programa iconográfico capaz de conmover el alma y
transmitir el mensaje deseado. Resulta curioso comparar dos épocas tan
distintas como aquella en que vivimos, donde la muerte se ha convertido en
materia casi supersticiosa y que deseamos alejar, pareciendo a los ojos de
muchos espectadores todo un espectáculo macabro y tenebrista el que se
despliega ante sus ojos en el interior, contrastando con la mentalidad barroca
en que se fraguó este muestrario, donde la peste y la precariedad llamaban a la
puerta cada día y el fin de la vida se nombraba con mayúsculas: Muerte, como
personaje con nombre propio que venía a buscarnos con sus dedos huesudos y
afilada guadaña. Toda una cura de humildad y un descenso a lo más primario del
ser humano a través de las más extraordinarias obras de arte, reunidas en un
solo recinto.
La obra
que hoy venimos a destacar se encuentra en un altar lateral de la Capilla de
San Jorge y es quizá de las que pasan más desapercibidas ante tan abrumador
espectáculo visual, sin que su calidad desmerezca en absoluto la de todo el
conjunto que la rodea. El Santísimo Cristo de la Caridad es obra del prolífico escultor
Pedro Roldán sobre 1670. Representa el momento en que Jesús, tras recorrer el
largo camino hacia el calvario, ha sido despojado de sus vestiduras y espera la
crucifixión. Arrodillado, levanta la mirada al cielo y cruza las manos en
oración al Padre ante las crueles torturas que le esperan.
Pedro
Roldán y Onieva es uno de los imagineros más representativos del arte andaluz.
No solo demostró su capacidad y solvencia en su obra personal, sino que supo
crear un taller que bajo su paternidad, se convirtió en el más fructífero de la
historia del arte de nuestra región, solo superado siglos después. El maestro
se nos antoja un hombre capaz de influir, pero a la vez influenciable y capaz
de aprovechar las diferentes corrientes artísticas en las que pareció dejarse
envolver para incluir los elementos que más destacables le parecieron en su obra personal. Formado en el taller del granadino Alonso
Mena, vuelve a Sevilla para aunar en su estilo los elementos de una ciudad en
auténtica ebullición de ideas. Es el flamenco José de Arce quien más parece
influir en el estilo del maestro, quien a su vez también pareció dejar poso en
el autor del Cristo de las Penas de la Estrella.
El estilo
de Roldán es dinámico, con gubiazos largos, dando a su obra un cierto
impresionismo que parece anunciar épocas futuras y que se aprecia al contemplar
de cerca sus tallas, en especialen el
tratamiento del cabello y barba, conformado por una serie de largos trazos,
impactando el resultado final conseguido al contemplar el conjunto. La obra de
su taller, en ocasiones complicada de separar de la de el propio maestro,
mantuvo una calidad de producción media notable, siempre digna, cosa que
desgraciadamente no sucedió con otros talleres posteriores que la historia de
la imaginería andaluza vio nacer. Esto denota el control y formación que el
maestro sin duda impartía a sus colaboradores. No obstante, la mano del maestro
se deja claramente notar en las obras magistrales que probablemente tallaba en
su integridad o cuanto menos en sus aspectos más fundamentales. Obras como este
Cristo de la Caridad o la Expiración de Écija denotan claramente una calidad en
su producción superior y un mayor magisterio que otras obras en las que podemos
apreciar el trabajo de su taller: dignas, pero que no poseen ese golpe de
auténtica genialidad.
El
Santísimo Cristo de la Caridad es uno de esos ejemplos de la capacidad del
maestro de emplear elementos que adquirió durante su experimentada trayectoria
en contacto con notables autores de muy diferentes corrientes, sin dejar de
mostrar su obra las facciones y características siempre propias de su estilo
propio e inconfundible. El ejemplo lo podemos ver claramente en el propio altar
mayor de la capilla, donde el maestro plasmó una obra maestra de sublime
calidad, con los rasgos habituales de su personal estilo, pero influido
aparentemente por la estética castellana a juicio de quien estas líneas
escribe. Artículo a parte merecerá este sublime Entierro de Cristo, obra cumbre
de visita inexcusable. En otras obras, el maestro nos muestra un estilo más
suave y menos sangriento, más al gusto sevillano; en el Cristo de la Caridad
que tratamos, una imagen de rasgos dolientes, con profusión
sanguinolenta y gran crudeza, más propia de otras escuelas y mentalidad, aunque
siempre bajo el aspecto formal típico del estilo de Roldán.
Jesús
clava las rodillas en tierra agotado y torturado en oración agónica. La
crucifixión está cerca, pero el cuerpo ya aparece profusamente maltratado. En
los codos dos grandes heridas se abren fruto de las caídas en el trayecto hacia
el calvario, dejando caer la piel lacerada en cruentos jirones. La sangre
recorre toda la anatomía en numerosos y largos regueros, apareciendo el cuerpo
surcado de contusiones y pequeñas heridas provocadas por los azotes, que cubren
la espalda (la cual desgraciadamente no podemos apreciar en las fotografías) de
manera profusa y cruel. El sudario carece de vuelo, provocando sensación de
pesadez y estando empapado en sangre, abriéndose sobre la cadera izquierda para
dejarnos apreciar mejor la anatomía, pero no se aprecia el característico nudo
ni la soga habitual, sosteniéndose el paño de pureza sobre un pedazo de tela
del mismo que rodea la cintura y en el que se remete. Una gruesa cuerda ata las
manos individualmente, cruzándose éstas en oración y quedando anudadas por
grueso y barroco nudo central que aumenta la crudeza de la escena. La soga pasa
sobre el pecho y tras la testa a la altura del cuello. La cabeza aparece
desprovista de corona de espinas, para no interrumpir la dirección elevada de
la mirada ni obstaculizar la contemplación del magnífico rostro y el excelente
tallado del cabello. Pedro Roldán aplica su canon habitual al cuerpo: de
proporciones naturales, sin rasgos notables ni realzar la musculatura. En el estilo del maestro,
la humanidad de Cristo siempre queda reflejada en un cuerpo hasta cierto punto
vulgar; un hombre tipo con el que podríamos cruzarnos cada día. Es en el rostro
de sus imágenes donde queda reflejada toda la divinidad del Hijo de Dios,
especialmente en las miradas de que dota a sus tallas, plenas de misticismo y
en las que siempre parece haber grabadas una oración. Pedro Roldán siempre
quiso retratar con la mayor humildad posible al Más Grande de los Hombres. Sus
imágenes nunca se imponen ni abruman a primer golpe de vista, resultando de una
proximidad amable hacia el fiel.
Cabe
terminar este artículo destacando que en este Cristo de la Caridad ven algunos
la inspiración de Ruiz Gijón para realizar su Cristo de la Expiración
(Cachorro), cuando no la propia intervención del mencionado maestro. Leyendas
hay muchas y si hay en Sevilla dos verdaderos aunadores de todas ellas son “El
Cachorro” y este Hospital de la Caridad cuya capilla hemos visitado hoy
virtualmente, deseando la visita física de todo aquel lector que lo desconozca.
Pocos museos más completos que éste va a encontrar en el mundo y además tan
cercanos.
Madre mía este cristo no lo había visto nunca. Vaya categoría de talla.
Publicado por Peazo de Imagen
domingo, 11 de enero de 2009 | 22:53
Impresionante imagen que nunca la habia visto, impresionante
Acerca de...
Contemplación del patrimonio artístico y aprecio del verdadero valor que posee la imaginería andaluza y española. Viajar para conocer y apreciar como lema, si es cofrade o aunque no le guste la Semana Santa.
cautivoservita@yahoo.com