Domingo, 09 de marzo de 2008



Perteneciente a otra época y mentalidad, alejada de la belleza serena y la rotundidad del barroco, la efigie del Cristo del Buen Fin se hunde en las raíces del tiempo y del arte, retrotrayéndonos hasta plena mitad del siglo XVI, fecha en que se ejecutaría sin demasiado margen al error la obra, atribuida a las gubias de Roque Balduque. El escultor flamenco es también el probable autor del pequeño crucifijo de la Vera-Cruz para una hermandad de la misma localidad, obra de enorme devoción,  poseyendo así mismo obras documentadas de su factura en la localidad alcalareña.




La obra, de tamaño natural, reside  en la recientemente restaurada Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. La cabeza se adita con potencias y corona de espinas de orfebrería, mostrándonos en los rasgos del rostro las facciones de un “Cristo Abuelo”, venerable y muy al gusto de la época. Sobre la mejilla izquierda apreciamos el hematoma producido por el golpe recibido en la Casa de Anás. La oreja de ese perfil queda descubierta, mientras por el perfil derecho desciende una delgada y larga hebra de cabello que casi alcanza la herida del costado. Los ojos aparecen completamente cerrados, mientras la boca queda entreabierta. La barba se separa en la mitad, dejando tres bucles separados de pelo a cada lado que caen sobre el pecho.




En contraste con las agradables y serenas facciones del rostro avejentado, la anatomía se nos presenta cruda y los miembros apergaminados, marcando la pauta de un cuerpo fibroso, con los paquetes musculares claramente diferenciados y remarcados tan típicos del buen hacer del círculo flamenco. Esta anatomía, desprovista de toda sensación carnosa, se nos antoja toda una aproximación a una época y a un pueblo devoto en esta mitad del siglo XVI donde el hambre y la carestía tenían su seno en cada hogar,  logrando encontrar en imágenes en principio tan terribles y mortificadas el reconocimiento de y proximidad de los propios padecimientos sufridos.




La atribución del Cristo del Buen Fin al hacer de Roque Balduque nos parece notablemente acertada,  y casi alzamos la vista para buscar esos dos dedos que bendicen aún crucificados, como suele ocurrir en otras obras de este periodo y autor, a pesar de que en este caso las manos se presenten entrecerradas y aferradas al clavo.



El Santísimo Cristo del Buen Fin posee desde hace muy poco una corporación en pos de dotarlo de culto externo y asentar la constitución de un grupo de fieles. La imagen realiza un viacrucis (de añejo sabor dadas las formas) por las calles de la ciudad en la cuaresma, portándose la talla directamente sin andas y desplazándose hasta cada una de las estaciones a rezar de forma directa, para ser depositado en posición semivertical sobre el suelo durante el rezo de éstas, aunque en el último año este viacrucis la efigie ha sido conducido a una pequeña explanada en un cruce de varias calles donde se han rezado todas las estaciones. La imagen viene procesionando el Martes Santo sobre un paso en un intento de crear una hermandad de silencio en la localidad más que loable. Mucha suerte en este camino se le desea desde este blog en tan difícil camino.



Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 16:17  | Siglo XVI
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Publicado por Invitado
Jueves, 18 de febrero de 2010 | 14:33
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