Perteneciente a otra época y mentalidad, alejada de
la belleza serena y la rotundidad del barroco, la efigie del Cristo del Buen
Fin se hunde en las raíces del tiempo y del arte, retrotrayéndonos hasta plena
mitad del siglo XVI, fecha en que se ejecutaría sin demasiado margen al error
la obra, atribuida a las gubias de Roque Balduque. El escultor flamenco es
también el probable autor del pequeño crucifijo de la Vera-Cruz para una
hermandad de la misma localidad, obra de enorme devoción, poseyendo así
mismo obras documentadas de su factura en la localidad alcalareña.
La obra, de tamaño natural, reside en la
recientemente restaurada Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. La cabeza
se adita con potencias y corona de espinas de orfebrería, mostrándonos en los
rasgos del rostro las facciones de un “Cristo Abuelo”, venerable y muy al gusto
de la época. Sobre la mejilla izquierda apreciamos el hematoma producido por el
golpe recibido en la Casa de Anás. La oreja de ese perfil queda descubierta,
mientras por el perfil derecho desciende una delgada y larga hebra de cabello
que casi alcanza la herida del costado. Los ojos aparecen completamente
cerrados, mientras la boca queda entreabierta. La barba se separa en la mitad,
dejando tres bucles separados de pelo a cada lado que caen sobre el pecho.

En contraste con las agradables y serenas facciones
del rostro avejentado, la anatomía se nos presenta cruda y los miembros
apergaminados, marcando la pauta de un cuerpo fibroso, con los paquetes
musculares claramente diferenciados y remarcados tan típicos del buen hacer del
círculo flamenco. Esta anatomía, desprovista de toda sensación carnosa, se nos
antoja toda una aproximación a una época y a un pueblo devoto en esta mitad del
siglo XVI donde el hambre y la carestía tenían su seno en cada hogar,
logrando encontrar en imágenes en principio tan terribles y mortificadas el
reconocimiento de y proximidad de los propios padecimientos sufridos.
La atribución del Cristo del Buen Fin al hacer de
Roque Balduque nos parece notablemente acertada, y casi alzamos la vista
para buscar esos dos dedos que bendicen aún crucificados, como suele ocurrir en
otras obras de este periodo y autor, a pesar de que en este caso las manos se
presenten entrecerradas y aferradas al clavo.

El Santísimo Cristo del Buen Fin posee desde hace
muy poco una corporación en pos de dotarlo de culto externo y asentar la
constitución de un grupo de fieles. La imagen realiza un viacrucis (de añejo
sabor dadas las formas) por las calles de la ciudad en la cuaresma, portándose
la talla directamente sin andas y desplazándose hasta cada una de las
estaciones a rezar de forma directa, para ser depositado en posición
semivertical sobre el suelo durante el rezo de éstas, aunque en el último año
este viacrucis la efigie ha sido conducido a una pequeña explanada en un cruce
de varias calles donde se han rezado todas las estaciones. La imagen viene
procesionando el Martes Santo sobre un paso en un intento de crear una
hermandad de silencio en la localidad más que loable. Mucha suerte en este
camino se le desea desde este blog en tan difícil camino.

Rogelio Rubio Segura