
Quién estas líneas escribe, como bien habrá podido averiguar el lector más o menos frecuente de los artículos que en este blog se exponen, es nativo de la localidad sevillana de Alcalá de Guadaíra. Llegado un momento, sabía que me encontraría ante la nada sencilla tarea de seleccionar entre las obras que reciben culto en mi localidad una talla que mostrar a través de esta ventana virtual y que, más allá de una filiación devocional basada en mi pertenencia a una corporación, resultara plena de personalidad y características únicas que le otorgaran especial valor, peculiar singularidad e interés. En lugar de conducir la mirada del lector hacia una obra de nuestro entrañable maestro oriundo Manuel Pineda Calderón, autor de varias tallas hacia quien servidor profesa la mayor de sus devociones, y cuyas imaginería compone el gran grueso de la obra procesional alcalareña; dejando a un lado obras de autores como Manuel Miñarro López o Antonio Illanes Rodríguez, por cuyo magisterio servidor profesa auténtica veneración, decidí comenzar el paseo virtual por mi localidad natal a través de la talla del Santísimo Cristo del Perdón, obra de Augusto Morilla Delgado, la imagen más cercana a mi residencia, estando establecida la corporación que le da culto en la parroquia de mi collación.

La hermandad alcalareña de El Perdón reside canónicamente en la Parroquia de la Inmaculada Concepción, realizando su estación de penitencia el Martes Santo. Más allá de la eterna coletilla de “joven corporación” que se ha usado durante años como apelativo hacia la hermandad del barrio de “El Instituto”, con casi ya veintitrés años desde su aprobación como Hermandad de Penitencia y perfectamente asentada y despojada de la juventud relativa que le confería el ser la última de las hermandades alcalareñas fundadas, titulación esta que todos esperamos pronto pase a honrar otra joven corporación cuya gestación se haya ya prácticamente completa para su aprobación oficial, afronta el futuro con un afianzado presente y una progresiva mejora de su patrimonio. En el primer paso de la corporación e iluminado por candelabros de guardabrisas (anteriormente por hachones) procesiona la imagen del Santísimo Cristo del Perdón, imagen que traemos hoy hasta estas líneas, acompañado por agrupación musical. Tras el procesiona Nuestra Señora de las Angustias, obra al igual que el titular de don Augusto Morilla Delgado, bajo palio de cajón y con el acompañamiento musical de una banda de música.

En 1976 se encarga la talla del Santísimo Cristo del Perdón por parte de la corporación alcalareña, que vivía tiempos difíciles y había de superar complicadas situaciones desde su mismo origen, al joven escultor Augusto Morilla Delgado, cuyo taller se encontraba en Triana. No fueron menos complicadas aún las situaciones que el maestro vivió hasta que la talla pudo ser finalmente bendecida en 1979. Un grave accidente sufrido por el escultor en los Astilleros de Sevilla mientras trabajaba casi le cuesta la vida y le dejaría secuelas, lo cual retrasó considerablemente la ejecución de la talla. En pleno proceso de recuperación, Morilla plasmó sin duda todo su dolor con la fuerza de quien sale de una profunda hondonada vital sobre la madera de un ciprés procedente del cementerio de Castilleja de la Cuesta, donada por el dueño de un aserradero en memoria de su hijo fallecido. Circunstancias tan dolorosas sin duda contribuyeron para que el magisterio de Augusto Morilla se plasmase sobre la madera con toda la crudeza y personalidad que desborda la obra que tratamos.
Se ha usado a lo largo del artículo el término “escultor” al referirnos a la figura de Augusto Morilla Delgado y no el de “imaginero” como en artículos anteriores hemos empleado con asiduidad al referirnos a los maestros de la gubia. No es un mero desliz, ya que al hablar del autor de este Cristo del Perdón hablamos precisamente de un escultor en el sentido puro del término, ya que la obra de Morilla no se circunscribe expresamente a la ejecución de imaginería de carácter religiosa como principal producción de su taller, si no que abunda en la escultura de carácter profano pudiendo incluso contemplarse algunas de sus obras en el callejero sevillano en forma de monumento estatuario, alejando al autor de la figura de un imaginero vinculado expresamente a las cofradías y la producción devocional. Este carácter queda notablemente reflejado en los rasgos del Santísimo Cristo del Perdón, imagen que a primer golpe de vista escapa de la ortodoxia habitual (y en ocasiones altamente perjudicial) que satura la producción de la imaginería contemporánea, rompiendo con cánones muy establecidos y reiterados en este ámbito. La cabeza, de rasgos poco comunes y alejada de tipismos, el sudario que huye del neobarroco imperante y el realismo y naturalidad que desprende una primera contemplación de la obra son claros rasgos identificativos que la alejan de una ejecutoria clásica.

La talla, de grandes dimensiones (más de 1’90 metros), clava su mirada en el cielo, expirando como se hace notar que fue encargada a su autor, o bien perdonando como la advocación de la obra nos sugiere y a servidor siempre le resultó una opción más valida (y menos empleada). La testa se gira hacia la izquierda reposando sobre el hombro, presentando el pelo más corto de lo habitual, apelmazado y pegado al cráneo, cayendo sobre la espalda en corta melena. La barba es más rala de lo usual en las representaciones de Ntro. Señor y sin acabar en caída bífida como es frecuente. Los pómulos muy salientes y la nariz prominente junto a la tonalidad aceitunada de las carnaciones, nos componen unos rasgos hebraicos muy naturales. Los grandes ojos reclaman la atención del fiel y se clavan en mirada de súplica a los cielos. La boca se abre en ademan casi desencajado de dolor. El rostro en general transmite una profunda sensación de patetismo y sufrimiento, más algo en el conjunto y en la mirada especialmente, la dotan de una espiritualidad y trascendencia que nos habla del carácter divino del hombre que contemplamos crucificado.

La anatomía es de características naturales, realista y sin absurdos excesos, alejada de toda idealización o realce muscular que solo suele conducir a una sobredimensión de la masa muscular, error frecuente en nuestros días y que lleva a transmitir una imagen poco adecuada y una idea antinatural de las obras. El fiel se identifica perfectamente con la talla gracias a esta naturalidad anatómica ayudándole a imbuirse en el dolor y el sufrimiento que esta le comunica, reflejado en la tensión de todos los miembros y en unas heridas magistralmente plasmadas, de gran crueldad, toda su comunicación. Las heridas de los clavos sitúan una vez más a Morilla como escultor más que como imaginero, al ubicar los clavos que fijan los brazos a la cruz en la articulación de la muñeca, y no en las palmas de las manos, sin olvidar que la obra fue ejecutada a finales de los años setenta, no como ejemplos más actuales. Las manos se crispan en ademán de agonía y parecen querer aferrarse al mismísimo aire, buscando un apoyo en la cruel tortura. Las muñecas se desgarran dramáticamente, los tendones se tensan y la sangre corre a borbotones, aunque no basa el patetismo general que desprende la talla su transmisión precisamente en la abundancia sanguinolenta, ya que esta solo corre en finos hilos ocasionales y está eso si presente con toda crudeza en las heridas. El clavo de los pies está más separado del madero horizontal de la cruz de lo frecuente, provocando una gran caída en el madero y mayor verticalidad de los brazos, que transmite sensación de angustia y agonía. La espalda queda pegada a la cruz. Las rodillas presentan leves escoriaciones fruto de las caídas en el camino del calvario, con hemorragia. El sudario de tela engomada es peculiar, de gran personalidad y sucinto, dejando ver a la perfección todo el trabajo realizado en la anatomía y anudándose al lado derecho de la talla con una moña, pendiendo un pliegue que parece ser la única pequeña concesión al neobarroco que se permite el artista. Sobre la pierna izquierda cae la cuerda que anuda el sudario en dos vueltas, descarnada y gruesa, pareciendo querer herir y magullar la carne y a la vez creando sensación de inestabilidad, dejando al descubierto todo el muslo y la nalga de la imagen, cual si pareciera caerse proporcionando cierto dinamismo. Fue retocado este sudario en alguna ocasión por el autor bajo deseo de la hermandad. La policromía, en la línea del autor, es de carnaciones oliváceas teniendo su principal valor en el retrato notoriamente verista y muy conseguido de los regueros sanguinolentos, una de las grandes virtudes de Augusto Morilla.

Transmisión. Es un término que he empleado y reiterado conscientemente con asiduidad a lo largo de todo el artículo. Es esta sin duda la gran característica de la obra, su capacidad de transmitir, su incapacidad para dejar indiferente al mero espectador o al fiel. Desgraciadamente es también su gran problema y el de su autor en unos tiempos en que el cofrade medio y el público objetivo de una imagen características solo busca tipismo, belleza, clasicismo (mal entendido) y una copia inspirada en modelos precedentes que ya conoce y hacia los cuales no tiene que realizar el esfuerzo de comprender y procesar, simplemente contemplar y rodearlos de aditamentos y folklore que lo ensalcen. Mientras la obra típica (hasta el hartazgo) que podemos contemplar durante el siglo veinte y hasta la fecha cae en la inexpresividad y la incapacidad de darnos nada más que un mensaje visual carente de sensaciones, obras como el Cristo del Perdón nos conmueven y soliviantan, nos logran dar un mensaje y también, porque no decirlo: nos provocan. Se ha comentado mucho en mi localidad, Alcalá de Guadaíra, que este crucificado es una obra que te gusta o no te gusta, que amas u odias. En parte puedo estar de acuerdo. Es una obra osada, que busca no pasar inadvertida y posee una enorme personalidad, lo cual no todo el mundo está dispuesto a asumir. En una época en la que como en todas, las modas y el producto fácil y sencillo impera dada la pereza intelectual que nos envuelve y la incapacidad de desarrollar unos criterio propios que no vengan ya digeridos para su consumo directo, no me extraña que una talla con tantas peculiaridades resulte rechazada por muchos, pues no se acomoda a lo fácil, a lo asumido: requiere un esfuerzo personal y una meditación que no se está dispuesto a realizar. Para servidor, arte es y en especial en cuanto a la escultura la capacidad de transmitir una sensación o un mensaje dentro de unos aspectos formales desarrollados y elaborados. Augusto Morilla realizó un Cristo correctísimo en sus aspectos formales (y devocionales) en el que con un solo golpe de vista, nos imbuimos de sensaciones y nos conmovemos, no recibimos tan solo un mero estímulo visual bello y carente de mensaje. Es por esto que admiro a esta obra y a su autor, quien sin duda no ha recibido las oportunidades que merece por el mero hecho de permanecer fiel a sí mismo, no dejarse influir por los deseos en forma de ordenes veladas que suelen guiar los encargos de un titular por parte de una corporación. Augusto parece decirnos: “este es mi arte, y puede gustarte o no, pero es mi arte y no voy a rebajarme a realizar aquello que no siento, que no creo correcto”. No engaña a nadie, es fiel a sus principios y reclama contemplando obras así nuevas oportunidades dadas por mentes capaces de comprender a este Cristo que él nos muestra. Personalmente admiro este planteamiento, a su autor y aprecio en su justa medida esta talla, sintiendo gran devoción además por ella, pero por encima de todo entiendo y valoro más allá de lo espiritual qué es este Cristo del Perdón que muchas obras no son: es ARTE.

Rogelio Rubio Segura