Lunes, 25 de febrero de 2008



El arte afortunadamente encontró un rincón donde acogerse y aglutinarse para en plena segunda mitad del siglo XVII,  hallar protección y refugio en el seno de una corporación como la de la Santa Caridad de Sevilla, que propugnaba el más noble de los fines.  Una suerte de mecenazgo pareció nacer entre la Santa Caridad (con la figura de Don Miguel de Mañara como cabeza visible) y varios artistas locales de reconocida valía, componiendo en plena etapa dorada del Barroco Sevillano un impresionante museo que tenemos la fortuna de haber podido conservar hasta nuestros días.




La Capilla del Hospital de la Caridad de Sevilla es precisamente un claro ejemplo en el que apreciar hasta que punto parecemos incapaces de valorar la calidad de nuestro patrimonio, concediendo escasa o nula importancia a las obras de nuestra tierra. Mientras, se nos llena la boca hablando de otras geografías más allá de nuestras fronteras donde nadie duda que exista un riquísimo conjunto de obras extraordinarias, pero parece que el acomplejamiento absurdo español y andaluz negara el valor de lo suyo ante las obras foráneas, afortunadamente mejor publicitadas y académicamente defendidas.



La Capilla de San Jorge se localiza en la sevillana calle Temprado, frente a la hoy en día más conocida Capilla del Rosario (dada la residencia de una Hermandad de Penitencia en su seno como lo es Las Aguas). Baste admirar su inconfundible fachada para comprender que más allá de las numerosas leyendas y mitos que rodean todo lo relacionado con Miguel de Mañara y este enclave del Barrio del Arenal, nos adentramos en un barroco pleno de simbolismos y poseedor de una abrumadora capacidad de expresión filosófica a través de las artes plásticas. Las paredes del templo parecen rezumar  desde cada uno de sus poros (convertidos en obras de autores de la valía de Pedro Roldán, Murillo o Valdés Leal) una profunda mentalidad cristiana que nos hace reflexionar sobre la levedad del ser y lo ufano de la vida mundana. Pintura, escultura, arquitectura y talla se concitan bajo un meditado programa iconográfico capaz de conmover el alma y transmitir el mensaje deseado. Resulta curioso comparar dos épocas tan distintas como aquella en que vivimos, donde la muerte se ha convertido en materia casi supersticiosa y que deseamos alejar, pareciendo a los ojos de muchos espectadores todo un espectáculo macabro y tenebrista el que se despliega ante sus ojos en el interior, contrastando con la mentalidad barroca en que se fraguó este muestrario, donde la peste y la precariedad llamaban a la puerta cada día y el fin de la vida se nombraba con mayúsculas: Muerte, como personaje con nombre propio que venía a buscarnos con sus dedos huesudos y afilada guadaña. Toda una cura de humildad y un descenso a lo más primario del ser humano a través de las más extraordinarias obras de arte, reunidas en un solo recinto.



La obra que hoy venimos a destacar se encuentra en un altar lateral de la Capilla de San Jorge y es quizá de las que pasan más desapercibidas ante tan abrumador espectáculo visual, sin que su calidad desmerezca en absoluto la de todo el conjunto que la rodea. El Santísimo Cristo de la Caridad es obra del prolífico escultor Pedro Roldán sobre 1670. Representa el momento en que Jesús, tras recorrer el largo camino hacia el calvario, ha sido despojado de sus vestiduras y espera la crucifixión. Arrodillado, levanta la mirada al cielo y cruza las manos en oración al Padre ante las crueles torturas que le esperan.



Pedro Roldán y Onieva es uno de los imagineros más representativos del arte andaluz. No solo demostró su capacidad y solvencia en su obra personal, sino que supo crear un taller que bajo su paternidad, se convirtió en el más fructífero de la historia del arte de nuestra región, solo superado siglos después. El maestro se nos antoja un hombre capaz de influir, pero a la vez influenciable y capaz de aprovechar las diferentes corrientes artísticas en las que pareció dejarse envolver para incluir los elementos que más destacables le parecieron en su obra personal. Formado en el taller del granadino Alonso Mena, vuelve a Sevilla para aunar en su estilo los elementos de una ciudad en auténtica ebullición de ideas. Es el flamenco José de Arce quien más parece influir en el estilo del maestro, quien a su vez también pareció dejar poso en el autor del Cristo de las Penas de la Estrella.



El estilo de Roldán es dinámico, con gubiazos largos, dando a su obra un cierto impresionismo que parece anunciar épocas futuras y que se aprecia al contemplar de cerca sus tallas, en especial  en el tratamiento del cabello y barba, conformado por una serie de largos trazos, impactando el resultado final conseguido al contemplar el conjunto. La obra de su taller, en ocasiones complicada de separar de la de el propio maestro, mantuvo una calidad de producción media notable, siempre digna, cosa que desgraciadamente no sucedió con otros talleres posteriores que la historia de la imaginería andaluza vio nacer. Esto denota el control y formación que el maestro sin duda impartía a sus colaboradores. No obstante, la mano del maestro se deja claramente notar en las obras magistrales que probablemente tallaba en su integridad o cuanto menos en sus aspectos más fundamentales. Obras como este Cristo de la Caridad o la Expiración de Écija denotan claramente una calidad en su producción superior y un mayor magisterio que otras obras en las que podemos apreciar el trabajo de su taller: dignas, pero que no poseen ese golpe de auténtica genialidad.



El Santísimo Cristo de la Caridad es uno de esos ejemplos de la capacidad del maestro de emplear elementos que adquirió durante su experimentada trayectoria en contacto con notables autores de muy diferentes corrientes, sin dejar de mostrar su obra las facciones y características siempre propias de su estilo propio e inconfundible. El ejemplo lo podemos ver claramente en el propio altar mayor de la capilla, donde el maestro plasmó una obra maestra de sublime calidad, con los rasgos habituales de su personal estilo, pero influido aparentemente por la estética castellana a juicio de quien estas líneas escribe. Artículo a parte merecerá este sublime Entierro de Cristo, obra cumbre de visita inexcusable. En otras obras, el maestro nos muestra un estilo más suave y menos sangriento, más al gusto sevillano; en el Cristo de la Caridad que tratamos, una imagen de rasgos dolientes, con profusión sanguinolenta y gran crudeza, más propia de otras escuelas y mentalidad, aunque siempre bajo el aspecto formal típico del estilo de Roldán.



Jesús clava las rodillas en tierra agotado y torturado en oración agónica. La crucifixión está cerca, pero el cuerpo ya aparece profusamente maltratado. En los codos dos grandes heridas se abren fruto de las caídas en el trayecto hacia el calvario, dejando caer la piel lacerada en cruentos jirones. La sangre recorre toda la anatomía en numerosos y largos regueros, apareciendo el cuerpo surcado de contusiones y pequeñas heridas provocadas por los azotes, que cubren la espalda (la cual desgraciadamente no podemos apreciar en las fotografías) de manera profusa y cruel. El sudario carece de vuelo, provocando sensación de pesadez y estando empapado en sangre, abriéndose sobre la cadera izquierda para dejarnos apreciar mejor la anatomía, pero no se aprecia el característico nudo ni la soga habitual, sosteniéndose el paño de pureza sobre un pedazo de tela del mismo que rodea la cintura y en el que se remete. Una gruesa cuerda ata las manos individualmente, cruzándose éstas en oración y quedando anudadas por grueso y barroco nudo central que aumenta la crudeza de la escena. La soga pasa sobre el pecho y tras la testa a la altura del cuello. La cabeza aparece desprovista de corona de espinas, para no interrumpir la dirección elevada de la mirada ni obstaculizar la contemplación del magnífico rostro y el excelente tallado del cabello. Pedro Roldán aplica su canon habitual al cuerpo: de proporciones naturales, sin rasgos notables ni realzar la musculatura. En el estilo del maestro, la humanidad de Cristo siempre queda reflejada en un cuerpo hasta cierto punto vulgar; un hombre tipo con el que podríamos cruzarnos cada día. Es en el rostro de sus imágenes donde queda reflejada toda la divinidad del Hijo de Dios, especialmente en las miradas de que dota a sus tallas, plenas de misticismo y en las que siempre parece haber grabadas una oración. Pedro Roldán siempre quiso retratar con la mayor humildad posible al Más Grande de los Hombres. Sus imágenes nunca se imponen ni abruman a primer golpe de vista, resultando de una proximidad amable hacia el fiel.



Cabe terminar este artículo destacando que en este Cristo de la Caridad ven algunos la inspiración de Ruiz Gijón para realizar su Cristo de la Expiración (Cachorro), cuando no la propia intervención del mencionado maestro. Leyendas hay muchas y si hay en Sevilla dos verdaderos aunadores de todas ellas son “El Cachorro” y este Hospital de la Caridad cuya capilla hemos visitado hoy virtualmente, deseando la visita física de todo aquel lector que lo desconozca. Pocos museos más completos que éste va a encontrar en el mundo y además tan cercanos.



Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 15:17  | Siglo XVII
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Publicado por Invitado
Domingo, 21 de diciembre de 2008 | 13:38
Madre m?a este cristo no lo hab?a visto nunca. Vaya categor?a de talla.
Publicado por Peazo de Imagen
Domingo, 11 de enero de 2009 | 22:53
Impresionante imagen que nunca la habia visto, impresionante
Publicado por felix zaragoza
Mi?rcoles, 26 de mayo de 2010 | 12:18
impresionante imagen ojala la pudiesemos ver por las calles de sevilla.
Publicado por Invitado
Jueves, 25 de abril de 2013 | 14:40

Enhorabuena por el artículo, tanto el estudio de la obra como su posterior narración y publicación son magníficos. Soy un asiduo visitante de esta joya patrimonial (una de las tantísimas y tantísimas que poseemos en Sevilla), y he de decir que es una verdadera lástima que reciban más visitas determinados sitios y/o ciudades que, sin dejar de ser maravillosos, no le llegan a la suela de los zapatos al patrimonio hispalense, y menos a este sitio (valga la redundancia). Lo dicho, enhorabuena por la publicación, espero que nos sigas deleitando con las maravillas de esta bendita ciudad.