Jueves, 27 de marzo de 2008



Las palabras sobran para describir una imagen en la que a simple golpe de vista,sabrá encontrar el lector por poco avezado que se encuentre las líneas maestras del buen hacer del cordobés Juan de Mesa Velasco, quien la entregó en 1624. La talla es titular de la corporación cabecense de la Veracruz y realiza estación depenitencia en la tarde del Viernes Santo. Reside en la Parroquia de San Juan Bautista, auténtica catedral monumental visible desde kilómetros a la redonda coronando el cerro que preside y es centro de la villa.



Una restauración efectuada por Francisco Arquillo Torres sobre la talla en 1983 descubrió en su interior el documento de autoría del portentoso crucificado, si bien tal constatación no vino más que a confirmar su evidente paternidad, que salta a la vista con tan solo posar la mirada sobre la imagen.  Todo en la efigie nos habla de un Juan de Mesa pleno de facultades y creatividad. La rotundidad de la efigie, que capta la atención e impresiona la retina a simple golpe de vista, sobrecogiendo, es una de las características frecuentes en la obra del cordobés y aquí resulta evidente y palpable. El busto y la testa, algo sobredimensionados, captan inmediatamente la atención. La corona de espinas aparece tallada sobre la cabeza en el mismo bloque, ayudando con su grosor y las toscas ramas que la componen a incrementar la sensación de colosalismo que embarga al espectador, transmitiéndole la idea cierta de que se encuentra ante algo más que un hombre: ante el Hijo de Dios.



Los ojos se nos muestran levemente entreabiertos, dejándonos ver la pupila. La boca también levemente entreabierta nos permite ver los dientes superiores e inferiores, así como la lengua. Los recursos propios del hacer del cordobés continúan, y más allá de esta corona de espinas que parece formar parte casi natural de la propia cabellera, se extienden por una anatomía soberbia y potente, con los paquetes musculares notablemente desarrollados. El sudario, de voluminosos y pesados pliegues se anuda curiosamente al centro, quedando dos voluminosas “moñas” sobre las caderas al pasar el tejido del sudario sobre la gruesa cuerda que lo sostiene, al margen de dejar la “moña” central del nudo. Sobre la cadera derecha de la obra se produce un vacío donde la tela del sudario no aparece, dejándonos ver la basta soga que sujeta el sudario en contacto cruel con la piel, a la vez que sirve como recurso para mostrar la anatomía (excepcional siempre en la obra de Juande Mesa) del muslo derecho al descubierto.



La policromía, de carnaciones suaves busca alejar la imagen de una interpretación cruenta. La sangre aparece en pequeños regueros muy dispersos y en ocasiones sucintos, manando solo como testigo de las llagas de Cristo y evitando acentuar el dramatismo, limitándose en la espalda a leves heridas muy dispersas producto de los azotes y un fino reguero central que la recorre cayendo desde el cuello.Baste contemplar la herida del costado, en la que podemos apreciar como se ha retratado con mesura el brote sanguinolento.



En la policromía del cabello y la barba podemos apreciar mechones y tintes castaños que se entremezclan suavemente (y en especial en la raíz del cabello) con la cabellera morena predominante, retrotrayendo a servidor al trabajo efectuado por el genio del pincel que aplicara la policromía del Cristo de los Desamparados del templo sevillano del Santo Ángel (atribuido en cuanto a escultura a las gubias de Martínez Montañés). No resultaría extraña la intervención de un mismo artista en cuanto a la policromía, pues en la época eran especialistas en esta labor los encargados de tal fin, encargándose el maestro escultor exclusivamente a la labor de talla. La corona de espinas también nos deja entrever bajo su actual tonalidad oscura unas tonalidades claras primigenias en varias zonas, no resultando extraño que esta presentara en un principio tonalidades entre el verde y el castaño.



La comparativa con otras obras del cordobés Juan de Mesa resulta inevitable, y nos parece apreciar en esta talla casi un punto de inflexión entre dos sevillanas imágenes muy conocidas, como lo son el Cristo del Amor y el de la Buena Muerte. Desde un punto de partida colosal y grandilocuente, que se desprende de la impresión general que nos impone la contemplación del magnífico Cristo del Amor, la talla cabecense busca la serenidad y suavidad de líneas de la Buena Muerte, quedándose en un punto intermedio de enorme gusto estético y excelsa ejecución artística. El trabajo de la policromía ayuda a acentuar aún más la dulzura de la talla, alejándola de todo dramatismo y dotándola de enorme serenidad. El hecho más que probable del desprendimiento de las espinas que componían la corona de espinas con el paso de los años, dejándola en la actualidad sin ningún elemento punzante a la vista del espectador, contribuye a realzar la impresión pretendida, aunque se haya producido de manera accidental. Por el contra, la prodigiosa anatomía y el enorme volumen del busto y sudario, así como el colosalismo de la talla en general acentúan en el espectador la idea de no estar contemplando la efigie de un mero hombre, sino de una persona excepcional y prodigiosa más allá del común de los mortales: la mismísima efigie de Cristo, que bajo la advocación de la Veracruz recibe culto en Las Cabezas de San Juan.



Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 2:09  | Siglo XVII
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Comentarios
Publicado por jesus
Mi?rcoles, 18 de marzo de 2009 | 16:16
ola soi jesus de marismillas vivo todo los a?os la semana santa de las cabezas pero el a?o pasado no pude ir a vela y gracia a los videos de ustedes puedo verla un a?os mas tarde haceis un buen trabajo por favor segui haciendolo porque yo soi de lo qe me pego tido el a?o viendola de nuevo hosdoila enora buena por ese trabajo magnifico