Lunes, 12 de mayo de 2008



En la Parroquia Mayor de Santa Cruz de la monumental Écija, auténtica ciudad museo hacia la que desde esta página volveremos en más de una ocasión nuestra mirada dada la enorme calidad de su patrimonio artístico, reside la venerable corporación de El Silencio. La hermandad procesiona en la madrugada del Jueves al Viernes Santo de la Semana Santa astigitana, constituyendo una de las corporaciones de silencio más exquisitas que servidor haya tenido la suerte de poder contemplar. Mención al margen merece también el pueblo astigitano, que sabe guardar el debido respeto ante el paso de esta procesión como en pocos lugares se hace hoy día, viviéndose una experiencia tan gratificante y espiritual como recomendable para todo aquél buen cofrade que sepa apreciar un cortejo tan ejemplarizante en los tiempos que vivimos.



La imagen de Nuestro Padre Jesús Abrazado a la Cruz representa una de las iconografías más particulares y únicas de nuestra geografía. La talla cristífera titular de la corporación astigitana de El Silencio a primer golpe de vista nos sugerirá el pasaje evangélico en que Jesús cargado con la Cruz, camina hacia el calvario, con la particularidad de hacerlo al contrario de lo usual en la representación del pasaje evangélico; cargando el estípite (brazo vertical de la cruz) como lo hace el sevillano Jesús Nazareno del Silencio. No es esta más que una mera impresión superficial, quizá sugerida en parte por la coincidencia de la denominación popular de ambas corporaciones, que no poseen relación alguna entre sí. Una mejor valoración de la obra nos descubrirá que Jesús Abrazado a la Cruz no parece cargar la cruz, más bien se la muestra al fiel, exponiendo el instrumento del martirio completamente frontal y en cierta medida de forma alegórica. Esta impresión es la correcta.



Según nos cuenta una leyenda, Doña Sancha Carrillo, hija de los marqueses de Guadalcazar, era una mujer que había rechazado los placeres mundanos  adoptando unos hábitos de vida estrictos y humildes, animada por ahondar en sus valores cristianos gracias al consejo que obtuvo de San Juan de Ávila, quien ejerció de confesor de la joven cuando ésta estaba dispuesta a marchar a la corte real madrileña, fruto del impacto que su presencia provocaba en la alta sociedad de la época. La mujer de espartana vida y profunda religiosidad, fue sorprendida a lo largo de su vida por diversas visiones místicas de Jesús con la Cruz al Hombro. Una de ellas se produjo según nos cuenta una de las versiones de la leyenda un Jueves Santo a las doce de la noche, alrededor de 1537, en la Iglesia de Santa Cruz en Écija y para que quedase constancia del hecho, Doña Sancha mandó pintar un cuadro de tal visión en que se plasmase y quedara para la memoria el suceso. Mucho impresionaron en la villa astigitana tales acontecimientos y en 1666 se gestó la fundación de una corporación que diera culto a tal visión celestial, encargando con posterioridad una talla a la que procesionar que se inspirara en la obra pictórica encargada por la devota mujer y realizando estación de penitencia a las doce de la noche (hora que hoy día se mantiene) conmemorando lo acontecido. Tras una serie de concesiones, la hermandad logró hacerse en propiedad con una capilla en la Parroquia de Santa Cruz, bendiciendo allí la imagen del Nazareno Abrazado a la Cruz y el retablo sobre el que recibiría culto en 1699.



Jesús Nazareno Abrazado a la Cruz es por lo tanto obra ejecutada sobre 1698-99, permaneciendo su autoría en el anonimato. Como la leyenda sobre las apariciones a Sancha Carrillo nos relata, Jesús abraza amorosamente la Cruz, aceptando el martirio en su símbolo, mostrándole al fiel a su vez el icono sagrado.  A pesar de tratarse de una imagen de carácter cuasi alegórico, presenta fielmente las heridas fruto del momento pasional que sugiere la iconografía, esto es, Jesús cargando con la Santa Cruz. La frente aparece surcada por regueros sanguinolentos que nos sugieren la presencia de llagas provocadas por la corona de espinas, salvo que la talla no se adita con tal elemento pasional, ni cuando permanece todo el año expuesta en su retablo ni durante su estación de penitencia. La imagen, de dimensiones y facciones humanas y naturales, destacando este aspecto de la figura de Cristo, gira la cabeza (y parcialmente el tronco) hacia la derecha y abajo. La mirada parece clavarse en el fiel, pero los ojos desprenden un aire abstraído, cual si mirara al horizonte, hacia el infinito, transmitiéndonos en este arrebato que trasciende de la realidad la faceta divina del Hijo de Dios. Los rasgos faciales sugieren cansancio y abatimiento, fruto de los tormentos sufridos. El rostro alargado, termina en una barba bífida. La cabellera, espesa, larga y muy airosa, se muestra en el lado derecho cayendo en amplios bucles sobre el hombro y pecho, mientras en el lado izquierdo de la imagen deja al descubierto la oreja, trenzándose hacia el lado contrario sobre ésta.



La obra se atribuye tradicionalmente a la labor del genial imaginero Pedro Roldán, sobre 1698-99. Dado que el maestro falleció en 1699, esta probablemente habría de tratarse de una de sus últimas obras. Si bien el perfil izquierdo de la talla muestra rasgos inequívocamente roldanianos (así como el aspecto general de la obra), servidor siempre se ha mostrado lleno de dudas acerca de su autoría certera al contemplar el plano frontal de la obra (el cual es el único visible desde su altar todo el año, dadas las características de éste). Coincide el hecho de que la inmensa cantidad de fotografías existentes de la obra, muestran este plano frontal donde muchos de los rasgos, y en particular el alargamiento de estos y la impresión general que transmite al contemplación del rostro, hace albergar dudas sobre la autoría de Pedro Roldán. Añádase a ello lo apurado de la fecha de bendición estimada de la talla respecto a la fecha de fallecimiento del artista. Tras mi asistencia al pasado besapié en el que fue expuesta la obra, me sorprendió profundamente contemplar en directo el peculiar perfil izquierdo de la talla (derecho del espectador) así como el plano que se obtenía al mirarlo justo desde abajo, perspectivas estas que transmitían un aire inequívocamente roldaniano al espectador. Es por ello que estimo que la tradicional atribución de la obra a las gubias del maestro resulta cuanto menos, si no completamente certera, si la más plausible y probable. Puestos a especular sobre su autoría, es sin duda Pedro Roldán el nombre más plausible y adecuado a relacionar con el Nazareno Abrazado a la Cruz, pero no por ello han de desestimarse otras teorías ni dar la existente por definitiva ya que determinados detalles de la obra y de su contemplación frontal con respecto a la mirada de la imagen nos devuelven detalles y sensaciones en cierto modo diferentes a las habituales en la obra del gran maestro. Quizá el hecho de que así sea fuese provocado por la necesidad por parte del autor de acogerse a un modelo preexistente a la hora de gubiar la efigie: el cuadro encargado por doña Sancha Carrillo en el cual se representaban las apariciones que contempló y en base al cual se fundó la corporación. Servidor no ha tenido la dicha de poder contemplar dicho lienzo y es por ello que deja su suposición en el aire, como mera especulación que explicaría quizá la aplicación de rasgos levemente diferentes a lo habitual en su obra por parte de Pedro Roldán, quien pudo inspirarse en la obra pictórica para efigiar la escultura.



La corporación da culto como titular mariana a María Santísima de la Amargura, probablemente una de las mejores obras marianas del sevillano Antonio Castillo Lastrucci en 1964, la cual aparece reflejada en algunas de las instantáneas de este artículo y que merecerá artículo al margen más adelante en este blog. Acompaña bajo palio de genial diseño y en silencio al Nazareno Abrazado a la Cruz, el cual a su vez, procesiona acompañado por música de capilla sobre andas en caoba iluminadas por faroles plateados. La talla del Nazareno procesiona con cruz plateada de orfebrería coetánea a la efigie (finales del XVII), túnica bordada del XVIII y potencias plateadas del mismo siglo. Todo ello compone un conjunto realmente único que ha permanecido invariable durante siglos y resulta todo un goce para el espectador. Destacar antes de terminar el artículo que la imagen del nazareno fue objeto de una restauración posterior a 1943, aparentemente de notable acierto y que devolvió a la talla todo su esplendor pues, en las fotografías que podemos contemplar en la siempre recurrente Fototeca de la Universidad de Sevilla (www.fototeca.us.es ) correspondientes a dicho año, podemos apreciar como la talla presentaba notables desperfectos y daños que fueron subsanados de forma muy correcta con posterioridad.



Rogelio Rubio Segura




Publicado por cautivoservita @ 19:04  | Siglo XVII
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Comentarios
Publicado por getsemani_calvario
Viernes, 20 de junio de 2008 | 1:16
Cuant?simo me recuerda a Tres Caidas de San Isidoro..

Buen art?culo, no conoc?a esta talla, maravillosa sin duda.