Lunes, 08 de septiembre de 2008



El Viernes Santo la localidad aljarafeña de Coria del Río puede preciarse de ver procesionar por sus calles una de las obras maestras del gran imaginero carmonense Francisco Buiza Fernández.




En una urna de orfebrería plateada sobre andas en caoba con aplicaciones en plata, obra del taller de Guzmán Bejarano e iluminado el conjunto por cuatro hachones, podemos contemplar la impactante y desgarradora imagen del Santísimo Cristo Yacente. Tras el procesiona Nuestra Señora de la Soledad Coronada, obra ejecutada a finales del siglo XVI o principios del XVII siguiendo el canon de hieratismo y frontalidad típicos en la iconografía, siendo intervenida por Castillo Lastrucci tras la Guerra Civil y que es foco devocional de esta hermandad servita de origen marinero que reside en la Capilla de la Soledad. Posee la corporación imagen de Jesús Resucitado ejecutada por José Luís Peyré en 1944, profundamente reformada y adaptada a sus postulados estéticos por Francisco Buiza, la cual procesiona el Domingo de Resurrección siendo también acompañado por la imagen de la Virgen de la Soledad.




Tras rendir culto a una imagen seriada de Talleres Olot y que vino a sustituir a una efigie de yacente articulado notablemente deteriorada por el tiempo, la corporación coriana decidió encargar la factura de su titular al carmonense Francisco Buiza Fernández, quien realizó en 1972 la actual talla que traemos hoy hasta las líneas de este blog. Estamos ante una de las imágenes más destacables dentro de la ya de por si interesante producción del imaginero natural de Carmona Francisco Buiza. La talla (de gran tamaño) encaja dentro del canon habitual de grandiosidad aplicada por su autor, inspirado directamente del seguimiento que realizaba de las obras del barroco clásico sevillano y en especial de la obra de Juan de Mesa, a su vez heredera de los modelos castellanos (en especial los de Gregorio Fernández).




La imagen busca provocar en el espectador un impacto directo desde el primer golpe de vista, huyendo de toda sutilidad. La grandiosidad de sus rasgos y la rotundidad de su trazado sobrecogen, todo ello enmarcado dentro de un conjunto en el que prima el patetismo y la crudeza de la muerte en su aspecto más físico. Un marcado rigor mortis preside toda la composición, recordándonos los tormentos de la cruz no solo en las llagas de las manos y pies (cruzado el brazo derecho sobre el abdomen, exponiendo así de una manera más clara ante el espectador la cruel tortura y la sangría provocada en la profusión que ha brotado de la herida y aún se deja contemplar), sino también en la posición rígida de todo el cuerpo que aun recuerda a la adoptada en el madero con la flexión de las rodillas y la inclinación convergente de estas, que rememora como ambas piernas se cruzaron una sobre otra en la Santa Cruz. El gran número de magulladuras y golpes evocan la flagelación de Nuestro Señor, así como destaca la tumefacción e inflamación sobre el hombro derecho que nos sugiere el peso de la cruz con que cargó, curiosamente ubicada en este hombro y no en el izquierdo sobre el que suelen portar la cruz por razones estéticas las tallas procesionales andaluzas.




Pero la religiosidad andaluza entiende la muerte dentro de la vida que nos regaló el Divino Salvador. Así como contraste a todos estos rasgos mortales, la talla acusa un agarrotamiento muscular intenso: cada músculo de la poderosa anatomía del yacente parece estar en tensión, inclusive la mano que sobre el abdomen se cruza parece aferrarse bien a la vida, bien al clavo del tormento y se crispa en un gesto de estertor de sobrecogedora estética.



La talla destaca entre la obra de Buiza por su dinamismo dentro de la acusada rigidez vertical que imprimía el carmonense a sus imágenes en un intento de búsqueda del impacto y la grandiosidad. Un leve contraposto provocado al adelantarse levemente la pierna izquierda sobre la derecha (debido al rigor mortis impreso en la cruz) desequilibra la cadera y provoca la inclinación en forma de “S” atenuada de la obra, lo cual añade vivacidad al fatuo conjunto, acentuado con la inclinación del busto a la derecha y la mano posada sobre el abdomen. La cabeza se vuelve hacia el espectador, bajo el principio de su caída tras el estertor final en la cruz y el rigor mortis posterior, pero empleando este detalle como eficaz recurso que hace que los ojos semiabiertos de la talla se fijen en el espectador sobrecogiéndole y ayudando a la contemplación de su semblante tanto en la capilla como sobre la urna procesional. La cabellera completamente desplegada al lado derecho de la testa, así como el sudario a su vez desplegado (y atado por una basta soga de rudo material que parece lacerar aun más la piel del cadáver) ayudan a aumentar la sensación de colosalismo y grandiosidad.



La policromía dota a la talla de un tono de piel marfileño y cadavérico, pero éste resulta apenas apreciable dada la gran profusión sanguinolenta que brota de cada llaga y herida, así como el gran número de magulladuras con las que Buiza dotó a la imagen. Están presentes eso si como rasgos con frecuencia empleados por el autor los habituales frescores con que policroma articulaciones así como pómulos y arcos ciliares, dotando así a la obra de carnosidad y pálpito vital que parecen contradecir las letales llagas retratadas con toda crudeza, en especial la herida del costado provocada por la lanzada, de la cual brota un sanguinolento manantial de vida en la muerte. Los labios se contraen y dejan ver los dientes tallados en un gesto de inmenso dolor ante la rigidez mandibular. Buiza vuelve a emplear uno de sus recursos más habituales retratando oscuras capas de suciedad arrastradas por el sudor y acumuladas entre los pliegues de los paquetes musculares, resaltando así la poderosa anatomía y provocando un forzado claroscuro que tan buenos resultados ha dado en su obra. Todo en  la talla parece querernos decir que este hombre se aferra a la vida por todos nosotros, que es Salvador de la humanidad y resucitará, a la vez que las letales heridas se nos muestran con total crudeza y realismo acompañadas de rasgos inequívocamente funestos como el acusado rigor mortis, la contracción del vientre y la planitud de las palmas de los pies actúan como indicador infalible de la muerte del varón que contemplamos.



En todo caso, estamos ante una de las obras cumbres de su autor, una de las más destacadas tallas en la iconografía de Yacente dentro de nuestra provincia, así como un simulacro que se acerca más a los yacentes castellanos (en especial de Gregorio Fernández) que a la obra de Juan de Mesa (quién también encontró su inspiración en el castellano). Dada la reconocida inspiración del propio autor Francisco Buiza en obras ya existentes, así como estampas y libros de arte que sus amistades le suministraban, no resulta este hecho ni mucho menos descartable. Sea pues reconocida esta excelsa y portentosa efigie de yacente  entre las mejores obras del maestro junto a la Coronación de Espinas de Córdoba y crucificados como el de la Vera Cruz de Pilas, la Sangre de Sevilla o el que preside en la actualidad el altar de la Parroquia de San Diego de Alcalá (barrio de El Plantinar, Sevilla).




Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 12:48  | Siglo XX
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Comentarios
Publicado por getsemani_calvario
Jueves, 11 de septiembre de 2008 | 0:27
Desde luego es una de las obras cumbres del artista. Buiza, a pesar de su aspecto humilde y casi de clase baja, socialmente hablando, dejaba claro en sus obras que era un genio y que acumulaba much?simo conocimiento anat?mico y del comportamiento del organismo tras la muerte. Muchos de los actuales artistas deber?an seguir su ejemplo, humildad y sabidur?a, pero sobre todo Humildad, como la advocacion de la obra p?stuma del carmonense.