Lunes, 27 de octubre de 2008



La imaginería no procesional desgraciadamente por la idiosincrasia propia de nuestra tierra tiende a quedar ignorada y falta de atención en múltiples facetas, no solo careciendo de cultos reglados en muchos casos hacia tallas bendecidas y expuestas al culto público, sino en el descuido y abandono absoluto en el debido decoro en cuanto a su exhibición y conservación, llegando a contemplarse casos que claman al cielo por la desidia e ignorancia mostrada en el maltrato dado a geniales obras de arte dispersas por nuestra geografía y que por desgracia carecen de el carácter amparador que suelen (aunque no siempre) brindar las hermandades hacia sus sagrados titulares. No ocurre así afortunadamente en el caso del Santísimo Cristo de la Salud, obra no procesional que podemos contemplar en la Parroquia de Santa María la Blanca de la sevillana villa de Los Palacios.




La interesante talla de crucificado que podemos contemplar en las fotografías que ilustran este artículo no solo se encuentra en un aceptable estado de conservación, sino que afortunadamente posee su culto propio, realizando inclusive un viacrucis por las calles de la localidad el primer viernes de cuaresma que supone todo un acto de iniciación de los días más importantes del año para los cofrades. Dicho viacrucis vino a realizarse en 2007 sobre un pequeño paso portado por costaleros, en silencio, pero quizá dado que el mero hecho de realizar la salida de este modo restaba carácter y en cierta medida seriedad al acto, dado los pequeños excesos difícilmente controlables que los hombres del costal y el equipo de mando de las andas dejaron patentes en dicha ocasión, ha continuado realizándose a la manera tradicional en 2008, portada la imagen sobre los hombros de los fieles, resultando el acto más íntimo y con mayor recogimiento.



La interesante talla es una obra anónima atribuida a la escuela granadina a finales del siglo XVI o principios del XVII, optando quien estas líneas redacta por la opción de principios de 1600 como la más adecuada para su datación.



La imagen está aparentemente creada como obra para retablo (y particularmente creo que para presidir el crucero) no con fines procesionales. Muestra los ojos entreabiertos, al igual que la boca, que no presenta los dientes tallados, aunque si la lengua. El bigote se presenta  partido y policromo, sin relieve, separado de la barba bífida que parte de un mechón central que se despliega, detalles estos muy del gusto de la escuela granadina, al igual que los acusados rasgos hebraicos del rostro, de facciones afiladas. El pelo se divide en dos mitades por una raya central, pasando parte de la mitad izquierda en rizado bucle sobre la oreja que queda descubierta.



La anatomía, bien proporcionada y de gran corrección, resulta dulce y poco cruenta. La caída del cuerpo por el peso en el madero está muy matizada, quedando los brazos de la talla casi paralelos al STIPES (madero horizontal de la cruz) y la espalda completamente alineada con el PATIBULUM (palo vertical). Esto nos habla de un cuerpo con bastante tiempo pasado desde su defunción. Destaca eso sí la potente musculatura del antebrazo, notablemente más desarrollado que el brazo. La función de expresar la caída del cuerpo en la cruz queda supeditada a la cabeza, que cae sobre el lado derecho hasta que la barbilla toca el pecho. El sudario muestra una ejecutoria aunque correcta, notablemente más tosca que el resto de la imagen, pudiendo ser su elaboración posterior a la original de la obra.



Si el canon en cuanto a la faceta escultórica de la obra nos transmite dulzura y serenidad en líneas generales, es en la policromía donde se pone el acento a la crueldad del maltrato sufrido por el Redentor, y es este uno de los aspectos sin duda más encomiables de la escuela granadina. Las lívidas carnaciones del cuerpo poseen una textura casi palpable, “porosa” por definirla en alguna manera y cuasi producto de sobreponer capa sobre capa hasta obtener un resultado de notorio verismo, con una sensación de pintura en acuarela que dota a la obra de una enorme personalidad. La muerte del cuerpo se nos transmite amen de en la lividez general, en los ojos hinchados y amoratados, al igual que los labios sin sangre que les de color. De la herida del costado y las de los clavos manan regueros de sangre retratados con notable destreza en regueros amplios matizados por pequeñas profusiones. La frente aparece surcada de pequeños regueros producidos por las heridas de la corona de espinas, que no aparece coronando la testa ni sus heridas tienen reflejo escultórico. El hombro derecho herido y sangrante parece indicarnos el lugar sobre el Jesús portó la cruz; las rodillas laceradas, sangrantes y con notable hematoma alrededor de las escoriaciones nos hablan de las tres caídas camino del Gólgota. Sobre el pómulo izquierdo se aprecia un moratón producto del golpe recibido en la Casa de Anás. La espalda apenas aparece lacerada por los latigazos recibidos durante la flagelación, y su detallismo tanto polícromo como escultórico es notablemente inferior, detalle este que nos habla de su probable origen como imagen de retablo. Sobre las costillas marcadas bajo el pecho aparecen dos notorias manchas verdes que nos hablan de una muerte por asfixia, secundadas por las apreciables en el rostro: todo un detalle de genialidad de la obra.




Esta exquisita combinación entre dulzura y crudeza es la que dota a la talla de una estética venerable y piadosa que sin duda atrae al fiel y su oración, propósito final de una obra religiosa. Sus ojos entreabiertos se clavan en el devoto que se acerca al pié de la cruz, resultando entrañable gracias a la serenidad de su anatomía y armonía del rostro, mas la crudeza de su lividez y el amoratamiento de los labios y párpados, sumados a la sanguinolencia del tormento (sin excesos que sobrecojan) transmiten la idea de una muerte cierta que produce un apiadamiento en la imagen de Jesús Crucificado de manera efectiva y plausible, haciéndole objeto de la oración. Sublime combinación que habrá conseguido durante siglos que cientos de miradas se claven en estos ojos de mirada vidriosa y perdida.



La imagen presenta algunos repintes, especialmente apreciables en la zona de las piernas, aunque el aspecto general de obra es de una muy buena conservación. Ha de confesarles servidor que se trata ésta de una de las tallas que me despiertan mayor cariño y se me hacen más entrañables, generándome una cálida sensación de proximidad gracias a los detalles descritos que sin duda su genial autor, cuyo nombre nos es por desgracia desconocido, plasmó para conseguir transmitirnos su idea de Cristo. Felicidades sean dadas a los responsables de que cada año pueda realizar su viacrucis por las calles de Los Palacios,  suponiendo todo un anuncio de cuaresma al que asistir sin falta para preparar el espíritu para esta cuenta atrás de días que tanto hemos deseado llegara durante todo un año.

Rogelio Rubio Segura




Publicado por cautivoservita @ 20:34  | Siglo XVII
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Publicado por Invitado
Viernes, 12 de marzo de 2010 | 19:37
interesante articulo