Mi?rcoles, 02 de septiembre de 2009

              

Cual si fuera una leyenda, existe un nombre que evoca en el cofrade de la capital sevillana un pasado glorioso y ancestral de sus cofradías, previo a la crisis que acabó con muchas de ellas y las sumió en el olvido a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Elevado a la categoría de mito, el evocador título de la Cofradía de Ntro. Padre Jesús Nazareno y Ntra. Sra. de la Antigua, Siete Dolores y Compasión ha perdurado hasta nuestros días dejando como legado para el recuerdo del cofrade actual una capilla que antaño le perteneciera (actual sede canónica de la hermandad de Montserrat), los bordados de las bambalinas de su palio (en las caídas exteriores del actual palio de la Virgen del Valle) e incluso la pervivencia de uno de sus titulares en una corporación fundada a principios del siglo veinte como lo es la Candelaria, que rescató la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno para advocarle  de la Salud.


                Pero como en numerosas ocasiones ha sucedido, tan grande fue el olvido en el que cayó la corporación tras languidecer desde mediados del siglo XVIII hasta su desaparición en el XIX que incluso se llegó a olvidar el paradero de su dolorosa titular, Nuestra Señora de la Antigua y Siete Dolores. A modo de escueta referencia repetida una y otra vez sin mayor esfuerzo por indagar en el trasfondo de tales afirmaciones, la literatura cofrade sevillana, generalmente de fascículo y teñida de tintes populacheros, nos transmitió la idea de que se trataba de una obra de Pedro Roldán a mediados del siglo XVII y de que en tiempos gozó de una devoción comparable y aún mayor a la de las más veneradas imágenes marianas de la actualidad, capitalizando junto al Crucifijo de San Agustín las plegarias de la ciudad ( y polarizando a ésta de paso, extrapolando modelos actuales hasta siglos atrás que exacerben el tipismo y lo justifiquen anclando su origen en un pasado mítico). Dado que tras la disolución de la corporación sus titulares pasaron a la Parroquia de la Magdalena, se identificó la devocional talla mariana con una meritoria imagen arrodillada y orante de Nuestra Señora de duros  y arcaicos rasgos existente en el mencionado templo hispalense.



Si bien Nuestra Señora de la Antigua y Siete Dolores gozó en tiempos de un innegable peso devocional en la ciudad, se ha mitificado considerablemente y confundido la importancia de la talla con la que realmente poseyó la corporación que le rendía culto, hermandad que podemos asegurar dadas varias referencias históricas,  poseía enorme relevancia  en gran parte probablemente proveniente de la pertenencia a ésta de destacados e ilustres miembros de la sociedad sevillana (e incluso española) durante el siglo XVII. Otro punto más de confusión lo añade el hecho de compartir advocación con la también olvidada imagen de Nuestra Señora de la Antigua Coronada, gran devoción sevillana ante cuya capilla en la catedral sevillana hacía estación de penitencia la corporación penitencial de la Antigua, Siete Dolores y Compasión el Jueves Santo.



               

Pero más allá de la mitificación que ha sufrido por parte de la literatura cofrade a lo largo del siglo XX, que ha extremado la importancia que  de por sí tuvo, lo que más llamará la atención al lector de este blog es sin duda alguna la identificación de la imagen que hoy traemos hasta este rincón con las gubias de Pedro Roldán, identificación que a golpe de primera impresión visual se antoja cuanto menos cuarenta años equivocada en cuanto a lo que nos sugiere la obra contemplada.  El arcaicismo de sus rasgos, su trágico patetismo y la peculiar manera en que quedan retratadas las vestimentas talladas de la imagen mariana, nos hablan de un gusto en cierta medida poco a la moda sevillana y cuanto menos alejado en sus trazas de las tendencias imperantes en el barroco de mediados del siglo XVII. Resulta mucho más adecuado encuadrar la obra dentro de una ejecutoria más temprana, de principios del siglo XVII y heredera de las formas del siglo anterior. Descartada pues la autoría del genial Pedro Roldán en esta obra, valoremos la talla desde un punto de vista libre de ideas preconcebidas, para después hacernos eco de las teorías actuales que señalan la posible ubicación a día de hoy de la mencionada talla del maestro del barroco sevillano.




               

Nuestra Señora de la Antigua y Siete Dolores es obra de talla completa de aproximadamente un metro y veinte centímetros. María se arrodilla y dirige la mirada al cielo entrelazando las manos en suplicante oración, siendo interpretable como la imagen de María Santísima en plegaria a los pies de la Cruz.  Llama la atención la ausencia de peana en la talla, reposando la efigie sobre los pliegues del manto y la saya tallados, que se almohadillan para formar una superficie blanda que atenúe el impacto de las rodillas contra el suelo. Esta carencia de peana bien puede deberse a su desaparición o sustracción en algún momento pasado, ya que incluso la parte inferior de la imagen aparece seriamente dañada en diversos puntos, pudiendo haber reposado sobre una superficie de material noble a modo de peana (con ornamentos u orfebrería) que le fuera retirada o aprovechada una vez la hermandad cayó en postración, siendo posiblemente un añadido posterior a la ejecución original de la talla. Dentro de la tónica arcaicista general, la imagen posee cierto dinamismo: aunque el carácter piramidal de la composición está marcadísimo,  la rigidez se atenúa al quedar la rodilla derecha de la talla más baja que la izquierda, desequilibrando la cadera;  al mismo tiempo que la mirada de la imagen se dirige al lado derecho, lleva las manos entrelazadas en oración levemente a la izquierda de su eje vertical. Esto crea un levísimo y casi imperceptible contraposto reforzado por los dos grandes pliegues diagonales de la saya que contribuyen inteligentemente a reforzar la idea, dotando de suave movimiento a la talla. La vestimenta tallada se ejecuta en pliegues poligonales y amplios, algo toscos en el borde del manto. El elegante estofado, notablemente dañado por el tiempo a pesar de las restauraciones, está compuesto a base de figuras geométricas circulares que enmarcan motivos florales y quedan enlazados por rosetones cruciformes.  El personalísimo tocado, que cubre todo el rostro, dejando inclusive solo parte de la barbilla al descubierto, se extiende hasta incluso bajo la línea de la cintura y es uno de los aspectos más llamativos e irrepetibles de la imagen. Enmarcando el óvalo del rostro, y el cuello, se arrolla también en él, extendiéndose en pliegues de poco volumen hacia abajo y al lado izquierdo, contrastando con la dirección de la cabeza y la mirada hacia arriba y al lado derecho.




               

Los rasgos enmarcados en el profuso tocado monjil se aperciben sufrientes y avejentados. Los ojos, de mayor tamaño que el proporcionalmente adecuado, exaltan la idea de sufrimiento y plegaria al elevarse las pupilas violentamente buscando el cielo en la oración, hasta quedar parcialmente estas bajo el párpado superior en el arrebato místico. Las largas cejas se elevan notablemente acentuando la dirección de la mirada, sobre una severa y prominente nariz de arcaica ejecución. El labio inferior se contrae en el dolor dejándonos ver los dientes superiores, mientras el labio superior se crispa asimétricamente contribuyendo así a la sensación de patetismo. La barbilla prominente y redondeada sobresale atrevidamente sobre el comienzo del tocado, ayudando junto a la nariz a reforzar la sensación adusta y venerable de la imagen. Las manos, de mayor tamaño que él proporcional, se entrecruzan, siendo los dedos de un grosor mayor al habitual en las producciones de gusto sevillano. Las carnaciones pálidas y de notable calidad contribuyen a reforzar la imagen de desfallecimiento y agotamiento en su dolor de María Santísima, presentando unos atenuadísimos frescores que resaltan delicadamente los rasgos faciales.




               

En 1998 la talla fue acertadísimamente restaurada por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH),  rescatándola del olvido en el que quedó sumida en su altar lateral del crucero de la Parroquia de Santa María Magdalena, donde permanecía en un estado de conservación ruinoso desde que la hermandad de Santa Cruz decidiera procesionarla a los pies del magistral Cristo de la Misericordia en 1920-21. Fue durante este proceso de restauración que las populares teorías que relacionaban la talla con las gubias de Pedro Roldán empezaron a ser desestimadas, optándose por adelantar la ejecución de la talla hasta principios del siglo XVII y adjudicando como autor más probable de la obra al jiennense de nacimiento Andrés de Ocampo.  Si bien la obra que tratamos; por todas sus peculiaridades, la mitificación sufrida y la imposibilidad de establecer definitivamente la procedencia de la imagen, resulta harto complicada de atribuir (máxime dados sus rasgos poco acordes con la estética clásica sevillana); dadas sus similitudes con la imagen mariana del Relieve del Descendimiento de la Parroquia de San Vicente de Sevilla  (obra de factura cierta por parte de Andrés de Ocampo en 1603 y cuya fotografía en blanco y negro perteneciente a la fototeca de Sevilla se puede ver bajo este párrafo),  hacen que sea este el autor más coherentemente relacionable con la obra que tratamos; si bien se trata de una atribución relativa, provisional y ante la que pueden argumentarse  teorías contrarias.




               

A pesar de lo que pueda parecer, el peso e influencia de esta talla a lo largo de la historia se deja notar en la capital hispalense en varias imágenes que parecen inspirarse abiertamente en la ejecutoria de esta efigie aparentemente poco acorde con los gustos sevillanos, entre ellas una soberbia imagen mariana que puede contemplarse a día de hoy en la Parroquia de San Andrés. Tampoco resulta descartable su influencia en algunas composiciones típicas del academicista Cristóbal Ramos. El valor histórico y artístico de la anónima imagen de principios del XVII que conocemos como Nuestra Señora de la Antigua y Siete Dolores de la Parroquia de la Magdalena es inmenso.  Mucho tendrán que agradecer generaciones futuras a quien decidió restaurar y rescatar de la ruina cierta que  amenazaba a esta hermosa efigie, dado el completo abandono en que permanecía sumida, para que puedan contemplar un pedazo de historia y rezar sus oraciones ante una imagen de María Santísima que como tantas otras que no procesionan ni reciben culto a día de hoy por parte de hermandad alguna,  no ha de ser ignorada ni olvidada.


           

A estas alturas, desmitificada la idea de la pertenencia de esta imagen a las gubias del genial Pedro Roldán, cabe preguntarse dónde se encuentra en la actualidad la efigie mariana que realizó para la corporación de la Antigua y Siete Dolores. Los estudiosos Antonio Torrejón Díaz y José Luís Romero Torres establecieron una teoría según la cual, esta imagen sería la que en la actualidad se encuentra en un estado de considerable deterioro sobre una mesa de altar en la Parroquia de Santiago de Sevilla. Esta talla de Pedro Roldán vendría a sustituir como titular de la corporación de la Antigua y Siete Dolores a aquella que hemos tratado durante este artículo y a la cual los nuevos gustos sevillanos de mediados del siglo XVII obligaron a ser sustituir. No es de extrañar desde luego un desenlace así dado lo voluble del gusto hispalense y los destrozos a los que ha sido sometido su patrimonio artístico durante los siglos, aun a pesar de la devoción  que pudiesen tener sus titulares, bajo la bandera de las modas y los gustos puntuales que han ido surgiendo a lo largo de la historia. Afortunadamente, aunque víctima de ello, la magnífica imagen mariana de Nuestra Señora de la Antigua y Siete Dolores nos ha llegado a la actualidad sin retoques, con el valor de una talla original en toda su pureza. Respecto a la efigie mariana de Pedro Roldán que ha sido mencionada, versará el siguiente artículo de este blog.


 

Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 12:41  | Siglo XVII
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