Viernes, 27 de abril de 2012

El Aljarafe, comarca sevillana amplia y muy rica en cultura popular, posee un conjunto de imágenes de las más diversas etapas históricas, periodos artísticos y procedencia geográfica. Desde el siglo XVI a la actualidad, de el gótico al barroco, pasando por el manierismo, así como las diversas etapas sucesoras del barroco hasta llegar a sus reinterpretaciones (más o menos acertadas) de nuestros días, y provenientes de la escuela sevillana, granadina, italiana y quién sabe si incluso castellana y alemana, el amplio y diverso catálogo de manifestaciones artísticas que recoge la comarca es digno del más completo de los museos.

 

Traigo hoy hasta las páginas de este blog la imagen titular de la que para servidor es probablemente la más ejemplar y admirable corporación de silencio (o de negro como popularmente se las denomina) que procesiona por las calles de Andalucía: el Santísimo Cristo de la Vera+Cruz, titular de la Hermandad de la Vera+Cruz de Valencina de la Concepción (Sevilla). Sobre un humilde y sencillo paso en tono caoba procesiona por la localidad aljarafeña en la noche del Sábado de Pasión, componiendo una estampa de increíble belleza (en especial en las últimas calles de su recorrido) acompañado por el silencio de esta noche de vísperas y el sonido de la Banda de la Oliva de Salteras que pone sus sones tras el paso de palio de la corporación, dejándose oír el selecto repertorio musical que interpreta en todo momento durante la contemplación del crucificado dado el escaso número de integrantes del cortejo. Esta escena que parece salida de otros tiempos, de décadas ya pasadas, convierte la experiencia en todo un entrañable reencuentro con la esencia más pura de la tradición y convierte el procesionar de esta corporación en un deleite para los sentidos del cofrade de buen gusto estético y musical. Curiosa resulta la pureza de formas y estética de esta ejemplar cofradía, ya que esta realiza su estación de penitencia por las calles de Valencina de la Concepción solo desde 1983, habiendo vivido un largo periodo de postración con anterioridad, a pesar de que sus orígenes se remonten hasta el siglo XVII o finales del XVI.

 

Longilíneo y de cierta rigidez general en su composición, el Santísimo Cristo de la Veracruz se nos muestra alejado de la estética clásica del crucificado barroco sevillano. Se encuentra tallado en un único bloque de madera de pino al que se hayan ensamblados los dos brazos, rígidos, que se extienden de forma casi paralela a la cruz. La cadera se desequilibra levemente aportando dinamismo gracias a la ubicación del enclavamiento de los pies a un lateral de la cruz y no en el centro del eje vertical de ésta, mas el torso se mantiene dispuesto de manera completamente frontal. De poco volumen, el sudario, de líneas rectas y geométricas, se muestra estofado en dorado con un sucinto dibujo hebraico, cruzando sus pliegues planos en forma de aspa al centro, de manera elegante y tremendamente personal, anudándose a la cadera derecha con una sencilla moña de la que pende un escueto pliegue de lienzo que parece no querer romper la tendencia minimalista general que muestra el paño de pureza. La anatomía, de notable verismo, se muestra comedida y evita todo exceso barroco en la plasmación del cuerpo de un hombre delgado y alto, de proporciones alargadas, mostrándose solamente correcta en la elaboración de la articulación del hombro. La testa cae en ángulo recto sobre el torso, pegando la barbilla al pecho. Los ojos aparecen fuertemente cerrados mientras la boca, en gesto dramático, se muestra abierta. El trazado de la cabellera resulta elegante y pormenorizado, muy depurado para tratarse de una imagen de la segunda mitad del XVI, dejando la barbilla imberbe enmarcada en dos cortos mechones provenientes de las mejillas. La policromía se aleja de mostrarnos excesos sanguinolentos, a excepción del profuso borbotón de sangre que mana desde el costado. Los rasgos mortales se dejan adivinar en la lividez general y los rastros verdosos bajo los ojos. A pesar de que en general la imagen puede inscribirse dentro de unos rasgos poco cruentos, la impresión general que provoca es la contraria. La rigidez general, la boca abierta pero sobre todo y ante todo, los pies de la talla, transmiten una sensación diferente. Estos pies, cruzados y enclavados a un lado del eje central de la cruz, parecen retorcerse y casi “arrugarse” aplastados por el peso del cuerpo inerte sobre el clavo. Mención especial merece el particular pié izquierdo del crucificado, el cual queda bajo el derecho, cuya piel parece plegarse al límite del desgarro produciendo una sensación cruenta plasmada con gran efectismo y que aporta a la talla una gran personalidad. La imagen ha sido sometida a numerosas intervenciones a lo largo de la historia: una importante intervención cuyo autor se desconoce en el siglo XVIII; una restauración inconclusa por parte de Francisco Buiza en 1982 dado el fallecimiento del maestro; una limpieza de la policromía de excelente resultado por parte de Enrique Gutiérrez Carrasquilla en 2008.

 

La imagen ha sido tradicionalmente datada en la segunda mitad del siglo XVI, más concretamente a finales,  es atribuida por norma general a Juan Bautista Vázquez “El Viejo”. Si bien la datación de la talla me parece correcta, no así esta atribución con la que disiento a título personal, sin descartarla. La cercanía de la localidad aljarafeña a la ciudad de Sevilla, así como la extrañeza de los rasgos arcaicos del crucificado de cara a ser encuadrados dentro de la obra de un autor o círculo que estuviera activo durante la época son probablemente la causa de esta atribución, si bien a juicio personal, la obra no cuadra dentro de la mencionada atribución aunque presente verosimilitud en algunos detalles concretos: frontalidad del torso pese al desequilibrio de la cadera, algunas coincidencias en el paño de pureza (no con el Cristo de Burgos de Sevilla, obra más conocida de Juan Bautista Vázquez, cuyo sudario de telas encoladas es fruto de una moderna remodelación) barbilla pegada al pecho y boca abierta en dramático gesto. El canon elongado de la obra no termina de cuadrar dentro del hacer del mencionado Juan Bautista Vázquez y sus seguidores, mucho menos alargado, a excepción de Jerónimo Hernández, que si empleaba unas proporciones más esbeltas que sus compañeros de taller Miguel de Adán, o Gaspar de Águila, si bien tenemos escasos ejemplos comparativos en su obra para realizar una asimilación del crucificado de Valencina de la Concepción. Con respecto al maestro de Jerónimo Hernández, Juan Bautista Vázquez, la obra que de él disponemos resulta poco comparable, bien por encontrarse enormemente desvirtuada por las distintas intervenciones sufridas a lo largo de los siglos (caso del sevillano Cristo de Burgos), bien por no cuadrar con la estética del Cristo de la Vera Cruz o ser de atribución poco fiable.

 

Lejos de las tierras sevillanas, en Granada, podemos encontrar a finales de este siglo XVI obras con las que podemos establecer una comparativa más aproximada con la imagen mostrada en este artículo. El círculo de Pablo de Rojas, tanto sus seguidores como predecesores si que ejecutaron una imaginería bajó una estética y canon general aparentemente más adecuada en su comparación con la efigie del Santísimo Cristo de la Veracruz de Valencina de la Concepción. El detalle del pié donde descansa el peso del cuerpo que pende de la cruz, así como la ubicación de ambos pies al lateral del eje vertical del madero (desubicados en algunos casos por posteriores restauraciones y sustitución de la cruz que adulteraron la inclinación general de la obra), así como la esbeltez general de las tallas nos habla de un notable acercamiento hasta esta estética granadina de finales del siglo XVI. El sudario se hace notar por su difícil equiparación con el que presentan las obras granadinas del periodo, que si bien son parecidos, no directamente iguales, en especial por esa peculiar traza en aspa que cubre parte del muslo de ambas piernas, no dejando una de ellas plenamente visible hasta la cadera. El torso de estas imágenes granadinas si que es habitual que quede girado por el desequilibrio de la cadera, en vez de mostrarse frontalmente al espectador. Si bien detalles como los pliegues casi geométricos de los paños de pureza, anatomía, tonos verdosos en la policromía y amoratamientos, tan clásicos de la escuela granadina y presentes en el crucifijo de la Veracruz,  nos acerca directamente a esta escuela. Especial parecido parece denotarse de la obra con tallas como:

Cristo de la Expiración de Las Gabias: http://www.radiogranada.es/wp-content/uploads/2012/03/CARTEL2012-SEMANA-SANTA.jpg

Crucificado de la Sangre, Convento de la Merced (Granada): http://fotos.subefotos.com/35f92934fb6b674922dcf798862da0a5o.jpg

Cristo de la Esperanza, Catedral de Granada: http://fotos.subefotos.com/a5a1a7ba344ade845974394f34d3fe00o.jpg

Cristo de la Buena Muerte, Sagrario de la Catedral de Granada:
http://fotos.subefotos.com/a9925a330ae29e90ab2ff86e4d9e2d8ao.jpg

Crucificado de la localidad de Padul: http://i48.tinypic.com/24wggah.jpg

Crucificado de la localidad de Cogollos Vega (el cual presenta un sudario muy similar al del Cristo de la Veracruz de Valencina: http://fotos.subefotos.com/619e2bc1f356e6024321359ed5f2cb67o.jpg

Cristo de los Favores (Granada):
https://fotos.miarroba.com/fotos/1/a/1a3e8456.jpg

 

Todos ellos son ejemplos del quehacer directo de Pablo de Rojas y lo que podríamos establecer como su círculo a finales del siglo XVI en Granada, fotografías expuestas por Antonio Padial Bailón de manera magistral en el post dedicado a la escuela granadina de escultura del foro “Pasión de Granada”, el cual recomiendo visitar para una información más detallada y más ejemplos destacables en:

http://pasion.mforos.com/

 

Más allá de toda atribución o comparación, donde cada lector sin duda decidirá quedarse con una idea principal sobre el posible origen de la obra, el Santísimo Cristo de la Veracruz representa para muchos cofrades todo un punto de inicio para la fiesta grande de nuestra tierra. La Hermandad de la Veracruz de Valencina de la Concepción es un enorme contrapunto en la noche entre el Sábado de Pasión y el Domingo de Ramos,  cuando mirando el reloj ya son pasadas las doce de la noche y es Domingo de Ramos, el día más esperado por el cofrade y a la misma vez que todo empieza, parece acabarse en las impecables formas y la pureza de la puesta en escena de esta corporación en la calle, con el cuidado exquisito al minimalismo y el buen gusto que despliega, como si una corporación del Sábado Santo que no de Pasión se acercara ya a las puertas para concluir la Semana Santa cuando, a la única luz de la luna, por las estrechas callejas con tanto sabor a pueblo por la que discurre la parte final de su recorrido, emboca a la plaza frente a la Parroquia de Nuestra Señora de la Estrella. El Domingo de Ramos vive sus últimas horas de víspera y ya todo está preparado, pero se acaba igualmente algo todo el año esperado: el procesionar de la Hermandad de la Veracruz de Valencina, rodeado de amigos y buenos cofrades en su vuelta a la plaza hasta que suene el “Soleá Dame la Mano”. Punto final, punto de inicio. Algo especial y único cada año, todo un clásico. Ahora del lector depende dar a la imagen su propia atribución como yo he dado la mía, su versión de una imagen que en mi corazón está grabada a fuego, de devoción y de fe amen de su mero carácter artístico e histórico, también incalculables. Sea por siempre Sabado de Pasión en Valencina de la Concepción, pues no es este un mero día y una hora: es un estado del alma, una peculiar paz interior y un reencuentro con el día más esperado del año.

 

Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 10:02  | Siglo XVI
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