Jueves, 03 de mayo de 2012

Repasando los artículos escritos para este blog, descubro la ausencia de obras del imaginero actual cuya obra más admiro, es así pues que el lector comprenderá que en una suerte de redención personal he de  traer hoy hasta estas páginas virtuales una obra de don Juan Manuel Miñarro López. Amplia y justamente reconocida su valía como autor de tallas cristíferas, es pues necesario que la obra que hoy contemplemos sea una imagen mariana, terreno este en el que el autor hispalense ha alcanzado menor reconocimiento.

 

La Virgen del Amor, obra que hoy contemplamos, alcanzó su conocimiento público a raíz del intento por parte de la corporación sevillana de las Siete Palabras en 2002 de sustituir su actual imagen dolorosa titular, Nuestra Señora de la Cabeza, por la obra que Juan Manuel Miñarro ejecutara con casi una década de antelación en 1991. La imagen permaneció expuesta en la Parroquia de San Isidoro varios años, recibiendo escasa atención y relevancia entre los cofrades sevillanos, pero donde dejó en algunos fieles profundos sentimientos de cariño y devoción,  atrayendo la atención de la hermandad del Miércoles Santo sevillano. Tras la decisión contraria por parte de los hermanos de sustituir a la actual imagen de la Virgen de la Cabeza, Miñarro decidió trasladar la imagen a su taller, siendo retirada de la Parroquia de San Isidoro.

 

De facciones más suaves y menos acentuadas que las habituales en las tallas marianas dolorosas de Miñarro, la Virgen del Amor  muestra unos rasgos más juveniles e idealizados que el resto de obra mariana del catedrático de escultura de la Facultad de Bellas artes de Sevilla. La nariz es menos pronunciada y más afilada, el óvalo más estrecho y alargado que en el resto de sus tallas, rematando en una barbilla levemente prominente con hoyuelo que acentúa la sensación estilizada. La imagen inclina el rostro hacia la derecha y abajo, siguiendo la mirada dicho ángulo. Los grandes ojos habituales en las dolorosas de Miñarro quedan atenuados en esta imagen por los párpados entrecerrados.  Las carnaciones pálidas quedan dulcificadas en los suaves frescores aplicados en los pómulos y parpados. Las manos son grandes y de correctísima elaboración. Todo en la talla nos habla de una dulzura y serenidad que conecta directamente con el fiel, mas no por ello deja a la imagen exenta de transmisión y cierta amargura que podemos leer en el suspiro que se adivina en el rictus de la boca y el entrecejo levemente fruncido.

 

Equilibrio es la sensación que domina la obra. Equilibrio medido entre la dulce y belleza aniñada del rostro de María y el dolor que se asoma con ternura a sus facciones. Un trabajo enormemente armónico que las fotografías apenas logran transmitir, recomendando encarecidamente al lector que busque contemplar en directo una talla difícilmente apreciable mediante instantáneas. Ruego también al lector me perdone en mi valoración hacia la obra de un artista con el que difícilmente seré imparcial, del que suelo comentar (y ruego perdonen la relajación en el tono empleada,  tan atípica en estas líneas) que servidor fundó su club de admiradores y posee el carnet de socio con el número uno. Puedo llegar a admitir que quizá su obra mariana no resulte tan atractiva, original y completa como su producción cristífera, pero ello no evita que sea capaz de realizar tallas como la Virgen del Amor que hoy valoramos o María Santísima de las Penas de la Hermandad del Traslado al Sepulcro de Almería que resultan de incuestionable valía artística.

 

Desgraciadamente, tras la polémica y la atención mediática que la imagen atrajo cuando puso en ella sus miradas la Hermandad de las Siete Palabras, la Virgen del Amor ha permanecido en el taller de Juan Manuel Miñarro, mostrándose públicamente en alguna exposición relativa a la obra de su autor. Aunque no es esta una situación extraña para una imagen, puesto que no es Miñarro el único autor sevillano que guarda en su taller alguna obra de su producción por la que guarda especial cariño, durante su estancia en San Isidoro logró granjear devoción y cariño en personas que desde su retirada extrañan su ausencia. Esperemos pronto encuentre la imagen acomodo en el seno de una corporación que sepa dar culto a tan delicada efigie y que satisfaga plenamente los deseos del autor de la obra. Quede mientras esta imagen en el imaginario del cofrade y dedicado este artículo a una de aquellas personas que extrañan y quieren a esta Virgen del Amor y que desde su silente devoción me conminó a dedicar esta reseña. Que Ella le ampare siempre.

 

Rogelio Rubio Segura


Publicado por cautivoservita @ 2:55  | Siglo XX
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Publicado por Invitado
Domingo, 19 de agosto de 2012 | 16:41

es una talla bien decorrecta ejecución bien modelada pero no me transmite nada nuevo veo obras imagineros nuevos que me dicen más.Por ejemplo su discipulo fernando.Para mies más catedratico e investigador que un imaginero.